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Valle del Boyne | Donde la tierra toca el cielo

Actualizado: 6 de ago de 2018


Salir de Dublín y recorrer Irlanda ha sido una de las experiencias más maravillosas que me ha tocado vivir. Este extremo de Europa ha sido famoso por su religiosidad, su erudición y su mística.


Los irlandeses dejaron huellas de su religiosidad antes de la época en que las pirámides se construyeran en Egipto, hace más de 5.000 años. El lugar, el valle del río Boyne, a unos 50 kilómetros al norte de Dublín, donde pude visitar uno de los monumentos funerarios más famosos de Irlanda: Newgrange, un montículo circular con una cámara interna a la que llegas por un pasaje muy angosto (no apto para claustrofóbicos). Lo interesante es que el pasaje va en subida, y cuando llegas a la cámara estás a la altura del dintel de la puerta por donde entraste. Ese dintel tiene un orificio rectangular. Por allí, en la mañana del solsticio de invierno (21 de diciembre), la luz solar penetra en el pasaje e ilumina la cámara durante 17 minutos, para volver otra vez a la oscuridad durante un año más. La finalidad? Posiblemente para enterrar a gente VIP, o como centro de culto del sol. Lo que a mí me sorprendió? La conexión de la gente que construyó Newgrange con la naturaleza y los ciclos de las estaciones. Cuándo fue la última vez que le prestamos atención a un solsticio? Cada cuánto nos conectamos realmente con el mundo natural que tenemos a disposición y agradecemos lo que nos provee?


El valle del Boyne es como un centro energético espiritual, ya que a pocos kilómetros de Newgrange y a unos casi 4.000 años de diferencia, otra cultura hizo elevar el espíritu a los cielos. Cuando Irlanda recibió el influjo de la civilización continental no fue gracias a las legiones romanas sino al incansable trabajo de hombres y mujeres que dedicaron sus vidas a Dios, y a expandir el mensaje cristiano. Patricio (sí, San Patricio !!!) vivía en Britania (hoy Inglaterra y Gales) hace unos 1600 años y fue uno de estos mensajeros. Capturado por los irlandeses, tuvo contacto con la cultura celta y luego de escapar y educarse en la Galia (hoy Francia), fue enviado a Irlanda del norte para introducir el cristianismo y organizar las primeras iglesias. De hecho es en Irlanda del norte (en una pequeña localidad llamada Downpatrick) donde se encuentra la tumba e iglesia dedicadas a este santo que se cree murió el 17 de marzo de 461, una fecha que todos recordamos por motivos diferentes… Patricio logró que el cristianismo se adecuara a las necesidades espirituales irlandesas con un efectivo “marketing”: tuvo como socios a los miembros de la clase culta encargados de narrar historias y poesías, de quienes aprovechó su vigor místico. Así logró que Irlanda sea uno de los primeros países en convertirse a la nueva fe sin mucho derramamiento de sangre, y que los principios cristianos se fundan con la cultura celta.


Durante tres siglos después de la muerte de San Patricio, y no en las ciudades sino en los monasterios, los eruditos irlandeses trabajaron en paz y sin descanso copiando libros, estudiando e interpretando las Escrituras, manteniendo vivo el saber y legando al mundo un arte religioso muy refinado. En una época en la que la alfabetización no era moneda corriente, las artes visuales eran primordiales para llegar a la gente común con los misterios celestiales. No por nada florecieron tanto las pinturas que luego fueron tan características de las iglesias que conocemos. En Irlanda, floreció el arte de la escultura de una forma única, y gracias a que fue hecho en piedra, lo podemos ver hoy parado ante nosotros. Hablo de las cruces celtas. El lugar más emblemático para perderse? Monasterboice, un monasterio en ruinas fundado por un discípulo de San Patricio en el siglo V, a unos 60 kilómetros al norte de Dublín y tan sólo a unos 15 kilómetros al este de Newgrange. Las cruces de sus tumbas se remontan hasta el siglo X y las conocemos como cruces “celtas” por lo característico de su estilo y por haber sabido fundir el símbolo cristiano de la cruz y con el disco solar, propio de las creencias que venían de los fundadores de Newgrange. La Cruz de Murdock mide 5,5 metros y en su cuerpo podemos ver escenas bíblicas talladas, como el Juicio Final, o personajes como Moisés, David, Adán y Eva, Caín y Abel. Gracias al trabajo del agua y el viento, hoy sólo podemos imaginar los vívidos colores de esas esculturas, y no puedo dejar de pensar en la dedicación puesta en estas “tablets” de la época. Como tampoco es posible no perderse en las historias y los homenajes puestos en sus tumbas, entre ellos, el dedicado a las víctimas de la gran hambruna de 1850, algunas de ellas enterradas allí.


Y para cerrar este relato de más 5000 años, existe una colina llamada Tara, que supo ser el centro de poder religioso y político en la Irlanda celta pre cristiana. En esta colina residía el rey de Tara, el más prestigioso de los reyes de la época. Es aquí donde se cuenta que San Patricio confrontó al rey con su explicación de la Santísima Trinidad y el trébol. Estas colinas redondeadas y salpicadas de monumentos y ¡¡ cruces !! dejan rienda suelta a tus emociones: energía plena, inmensidad hasta los límites del horizonte, viento recorriendo tu cara y acariciando el prado hasta convertirlo en un mar verde, niños corriendo y jugando. Y el atardecer fue perfecto en la pequeña ciudad de Trim, un pueblito con uno de los castillos mejor conservados de Irlanda, con una atmósfera despreocupada, íntima, colorida, alegre.


Sebastián

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