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Turks & Caicos | Un paraíso real



La visión idílica o tradicional de las vacaciones suele representarse con imágenes que evocan playas de arenas blancas, aguas cristalinas y, esencialmente, desiertas. Siempre pensé que tales retratos constituían una verdadera “trampa” del marketing” pues la evidencia empírica demuestra que estos “paraísos” terrenales se encuentran normalmente atiborrados de turistas que, cual gladiadores en el Coliseo romano, luchan por una palapa o por una posición privilegiada que les permita admirar la inmensidad del océano sino otros seres humanos a la vista.


Debo confesar que mi natural prejuicio a vacacionar en playas atestadas de gente (con cierto fundamento en algunas experiencias olvidables) fue puesto a prueba al visitar Turks and Caicos, un archipiélago de aproximadamente 40 islas al sureste de Bahamas, donde la realidad supera a cualquier eslogan o spot publicitario.


Turks and Caicos posee el estatus de territorio Británico de Ultramar; el gobierno se encuentra a cargo de un Primer Ministro elegido por sus habitantes, mientras que su defensa exterior depende directamente del Reino Unido, más precisamente de un Gobernador nombrado a tal efecto por la Reina Isabel II.


Las maniobras de aproximación al Aeropuerto Internacional de Providenciales se transforman en un aperitivo de lo que vendrá. Desde la magnífica perspectiva que brinda la altura se divisan las diversas tonalidades que nos brinda el Océano Atlántico: verde, celeste, azul y turquesa se entremezclan y contrastan con las distintas islas que conforman el archipiélago.



Turks and Caicos posee una de las barreras de corales más grande del mundo la cual, además de su belleza, opera como valla natural contra el ingreso de uno de los mayores enemigos de quiénes buscan paz y soledad: los Cruceros habitados por miles de turistas que transitan sus vacaciones entre la vida social que brinda la embarcación y las invasiones que propinan a cada una de las playas en que desembarcan.


A la hora de hospedarnos elegimos un hotel situado en Grace Bay, la bahía más popular de la Isla de Providenciales; una franja de arena blanca que se prolonga por más de 20 kilómetros y que fuera el escenario de nuestras revitalizantes caminatas diarias.



Una particularidad de la isla es su hotelería: solo existe un complejo “all inclusive” (donde Lionel Messi ha pasado sus vacaciones en más de una oportunidad), las grandes moles de cemento brillan por su ausencia cediendo su lugar a alojamientos de tamaño pequeño o mediano, suficientemente distantes uno del otro, brindando a sus huéspedes esa extraña sensación de sentirse solos, aún en un lugar turístico.


Los días en Grace Bay transcurren en una rutina que relaja el cuerpo y oxigena la mente. Caminatas, lectura, deportes acuáticos o, simplemente, descanso mientras la vista se pierde en el horizonte turquesa.



Embarcarse para practicar snorkel en la barrera de corales resulta una vivencia única; resulta asombroso el mundo de vida submarina que aparece ni bien sumergimos nuestras máscaras en las tibias aguas del Océano a la vez que nos estremecemos cuando nuestro guía nos conduce hacia “el abismo”, un sitio en el cual el lecho marino pasa de 20 metros de profundidad a 8.600 metros. El color turquesa cede entonces su lugar a una oscuridad e inmensidad que nos enfrenta a nuestra insignificancia y finitud como seres humanos en relación con la imponente naturaleza.



La decisión de alquilar un automóvil por el día para recorrer el resto de la isla resultó sumamente acertada. A la aventura de conducir con el volante y los sentidos de circulación invertidos se sumó el descubrimiento de sitios cuya belleza resulta difícil de poner en palabras: el almuerzo en el Hotel Brisas con vista a Chalk Sound y la playa de Sapodilla Bay se encuentran sin dudas entre ellos.



La visita al Thursday Fish Fry, un mercado al aire libre de comida callejera, fue otra salida memorable esencialmente porque se trata de un sitio frecuentado por los locales. Entiendo los viajes como un aprendizaje permanente y apreciar de qué manera la población de un determinado lugar vive, se comporta, cómo manejan su sentido del humor o cómo la religión se entrelaza en su cultura, son experiencias que marcan la diferencia entre un viajero y un simple turista.


Turks and Caicos me permitió descansar y juntar energías pero, por sobre todas las cosas, me enseñó a dejar de lado los preconceptos o prejuicios. No todas las playas son iguales.


Alberto

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