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Perú | El camino del Inca

Una forma diferente de llegar



Enclavado en los andes peruanos, a 2430 metros sobre el nivel del mar, el imponente monumento de piedra descubierto por Hiran Bingham en 1911 se yergue vigilante sobre el valle del río Urubamba.


Arribar a la magnífica ciudadela Inca de Machu Pichu constituye, a todas luces, un acontecimiento singular para los millones de visitantes que anualmente se dan cita allí ya sea por motivos espirituales, históricos, energéticos o, simplemente, turísticos.


Sin embargo, muchas veces es la forma en la que llegamos a un lugar la que marca la diferencia. Tal fue nuestro caso cuando, en 2012, decidimos visitar Machu Pichu atravesando durante 4 días los aproximadamente 40 kilómetros conocidos popularmente como “El Camino del Inca”.


El Camino del Inca tiene en su geografía el principal escollo a sortear: la totalidad del trayecto se realiza por encima de los 2.500 metros de altura sobre el nivel del mar, con un pico de 4.200 metros al realizar el cruce de los andes en Warmiwanusqa. Subestimar el temible “mal de altura” puede marcar la diferencia entre una experiencia sublime y una verdadera pesadilla.


Comenzamos nuestro itinerario con una estadía de 3 días en Cuzco, cuyos 3.400 metros de altitud nos permitirían una adecuada aclimatación para la posterior travesía. Caminar de manera lenta, consumir té de coca y comer liviano fueron las reglas impuestas por los locales que nos permitieron sortear con éxito la amenaza de la altitud.



La belleza de Cuzco así como su riqueza arquitectónica, histórica y gastronómica merecen un relato aparte.


A la hora y día acordado, nos encontramos con nuestro guía para emprender el anhelado Camino. Desde hace varios años y con motivo de la gran afluencia turística, es obligatorio contratar una de las agencias de turismo habilitadas por el Gobierno Peruano para transitar el Camino del Inca. Las mismas te proveen no sólo el guía, sino también carpas y todas las comidas durante el período de travesía. También es posible contratar un porteador adicional para que traslade parte del equipaje personal, opción sumamente recomendable para resguardar el físico frente a la inclemencia de la altitud.


Tras algunas horas en bus arribamos a Ollaytantambo, punto inicial de nuestra caminata. La belleza del lugar es, sin duda alguna, el mejor bálsamo para el cansancio físico y la escasez de oxígeno.


Los días en la montaña tienen un ritmo bien marcado: comienzan a las 5.30 AM con un té de coca, desayuno a las 6.00, y media hora después estamos en camino. Un almuerzo ligero, entre las 13 y las 14 horas, nueva caminata, para concluir con una cena no más allá de las 20 horas. El descanso nocturno es nuestro mejor aliado para retomar la rutina el día siguiente.

El segundo día es determinante; se comienza a 2.800 metros de altura y se avanza hasta los 4.200, para volver a descender hasta los 3.600 metros donde se sitúa el campamento. El sendero va serpenteando a través de las montañas a la vez que la cadencia respiratoria se eleva a medida que ganamos altura. Varias paradas son necesarias para recobrar el aliento; no se trata de aptitud física o deportiva: la altura no distingue entre atletas elite o ciudadanos de a pie.


Vemos las nubes cada vez más cerca, las atravesamos y, tras algunos minutos, las vemos debajo nuestro formando un paisaje que sólo nuestras retinas logran retratar en su justa dimensión.


El tercer día atravesamos restos de distintas construcciones incaicas, presagio evidente de la cercanía de Machu Pichu. La última noche se vive con particular ansiedad y mezcla de sensaciones; la alegría de estar muy cerca de lograr el objetivo se conjuga con cierta nostalgia por el final de 4 días mágicos.



A las 4.00 AM comienza nuestro peregrinaje final y tras caminar algunas horas llegamos a la Puerta del Sol. La intensa neblina pone a prueba nuestro temple y paciencia, Machu Pichu recién se hará visible unas horas después y se revelará ante nuestros ojos con todo su esplendor. Lo habíamos logrado.



Alberto

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