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Noruega | El sonido del silencio



Como la mayor parte de los habitantes de la Ciudad de Buenos Aires (y posiblemente de muchas otras grandes ciudades), mi vida se caracteriza entre otras cosas por la velocidad que impone la urbe, un ritmo devastador al cuál nos sometemos quizás sin necesidad alguna y, quizás, sin objetivo alguno: corremos por correr o, peor aún, corremos porque los demás corren. Las preguntas afloran de manera inevitable ¿Cuántos minutos al día podemos ahorrar por someternos a ese frenesí? Diez, quizás quince. ¿Tiene sentido? ¿Por qué lo hacemos? ¿Se trata de un simple masoquismo urbano, o bien de un mecanismo psicológico de conformismo, como lo denomina Erich Fromm?


Nordfjordeid, un pequeño pueblo del oeste de Noruega, me puso de frente a todos estos cuestionamientos y me invitó a reflexionar sobre el sentido de una existencia “a las apuradas”.



Enclavado sobre uno de los brazos del fiordo norte, Nordfjordeid cuenta aproximadamente con 3.000 habitantes y, en términos políticos, funciona como la capital administrativa del municipio de Eid. El arribo a este poblado no se encontraba en mis planes, sino que aparecí allí vaya a saber por qué capricho del destino o, para ser más preciso, del operador turístico que me vendiera el recorrido a través de los fiordos noruegos durante el año 2000.


El día comenzó con la navegación a través del fiordo de Geiranger, donde la neblina matinal dotaba de misterio a un paisaje que febo revelaría a medida que sus rayos esfumaban la bruma. Poco a poco fueron apareciendo aquellas imágenes que tantas veces había visto en fotografías cuando soñaba mi viaje a Escandinavia.



Las altas paredes de roca en caída perpendicular parecían caprichos de algún ser superior aprendiz de escultor, mientras que las lenguas de agua cristalina, producto del deshielo, brotaban desde la cima de dichas rocas completando un escenario natural único.

La embarcación seguía su curso y mis ojos no alcanzaban para fotografiar en sus retinas tamaña maravilla. Comprendí cabalmente por qué razón un artículo periodístico publicado tiempo atrás había colocado a los fiordos noruegos como uno de los 25 lugares más bellos del mundo.



Luego de desembarcar, nos dirigimos hacia un punto panorámico (especie de concesión divina a la industria del turismo) donde la imagen del fiordo con el poblado de Geiranger a sus pies me quitó la respiración.


Alrededor de las 5 de la tarde recalamos en Nordfjordeid con el único objetivo de pasar la noche y emprender, a la mañana siguiente, el camino que nos llevaría hasta el Briksdal, uno de los brazos más famosos del Glaciar Jostedal.


Mi ansiedad me empujó a dejar la maleta en el cuarto del hotel y salir despedido a “recorrer” sus calles, en las que encontré nada y todo a la vez.


El lugar en si mismo no presentaba atractivo turístico alguno, se trataba apenas de un puñado de casas sumamente austeras, situadas sobre la margen del fiordo Norte, un pueblo más como tantos otros que surcan la geografía noruega.


Uno de los aspectos que capturó particularmente mi atención fue la sobriedad: no encontré en todo Nordfjordeid un solo bar o reducto destinado a la diversión (disco, pub o cualquier sucedáneo que se le pueda ocurrir); también los horarios de los negocios me parecieron extravagantes, pues abrían pocas horas y pocos días a la semana.



Es evidente que la geografía y el clima juegan un papel preponderante en la fisonomía e incluso en la conformación del acervo cultural de un determinado país, y ello no es excepción en Noruega. Sus habitantes “disfrutan” de la soledad que les ofrece un país donde el frío impone condiciones de vida rigurosas; son sumamente educados pero introvertidos o, mejor dicho, introspectivos. No es extraño observar a medida que se recorren las rutas noruegas casas solitarias, esparcidas a varios kilómetros de distancia entre ellas. Los noruegos son así, disfrutan ese estilo de vida.



Me pregunté en algún momento si esa vida solitaria y austera podía tener origen en el luteranismo profesado por la mayor parte de la población noruega, pero la lógica me condujo a una conclusión inversa: los noruegos son así independientemente de su religión; muy por el contrario, es precisamente esa idiosincrasia la que permitió al luteranismo arraigarse fuertemente en el país.


Sin embargo, hubo algo en ese pequeño lugar que me cautivó, de repente parecía que alguien había apagado el volumen del género humano y sólo la naturaleza existía para mi oído; el apenas perceptible choque del agua contra la orilla del fiordo y el omnipresente silencio inundaban el ambiente. Comprendí que existía, parafraseando a Simon and Garfunkel, el sonido del silencio.


Finalizada la cena en el hotel, me percaté que el reloj marcaba las diez pero el sol aún brillaba en el verano nórdico. Es que en Noruega las noches estivales son muy cortas o, como lo define la extraordinaria pluma de Colette, “el día engendra al día sin haber atravesado la noche”.


Volví entonces a transitar sus desiertas calles y me senté contemplativo frente al fiordo, me preguntaba una y otra vez sobre la vida en ese lugar, sobre la definición de felicidad; pensaba y repensaba mi vida en la gran ciudad en contraposición a la paz que me invadía en ese momento.


Un par de horas después el sol empezaba a desaparecer, era hora de regresar al hotel. El día siguiente abandonaría Nordfjordeid físicamente en búsqueda del glaciar Jostedal, pero su imagen y su espíritu me acompañarían para siempre.


Alberto

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