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Myanmar | Un país detenido en el tiempo

Actualizado: 6 de ago de 2018

Al programar nuestro viaje hacia el Sudeste Asiático, Vietnam, Tailandia, Laos o Camboya aparecían como las opciones clásicas de lugares a visitar. Sin embargo, perdido entre ese conjunto de paraísos elegidos por las hordas de turistas se encuentra un país mayormente desconocido, que se esconde como un diamante en bruto para quiénes valoramos destinos exóticos no superpoblados por ejércitos armados de cámaras y selfie sticks, dispuestos a arruinar cualquier paisaje.



Nos referimos a Myanmar; un país que ha retornado en 1989 a su denominación original, tras 104 años de ser conocido como Birmania, nombre que le otorgara su colonizador: el imperio británico.



El escaso desarrollo turístico de Myamnar radica en gran parte en su tumultuosa vida política, signada por una sucesión de revueltas populares y gobiernos militares que han sido magistralmente llevadas a la pantalla grande a través del film “The Lady” (2011), el cual retrata la vida de Aung San Suu Kyi quién ganara el premio nobel de la paz en 1991 por su incansable lucha por la libertad de su pueblo.


Visitamos Myanmar en 2014, cuando aún era regido por una junta militar. A poco de aterrizar en Yangon, capital del país, y encontrarnos con nuestro guía, advertimos parte de las sorpresas que poco a poco se irían develando en el resto de la estadía: los pasajes de los tramos de cabotaje nos serían entregados recién cuando llegara el día del vuelo; las tarjetas de crédito eran una rareza en Myanmar, cuya economía se manejaba casi exclusivamente en efectivo y; por supuesto, hablar mal del gobierno no era considerado una buena idea.



A esta altura del relato es importante aclarar que debido a la gran injerencia del Estado en todos los quehaceres de la vida cotidiana, no resulta aconsejable recorrer Myanmar sin un guía profesional.


Yangon es una ciudad pequeña que se puede recorrer perfectamente en un día. La visita a los templos budistas y a la extraordinaria pagoda Schwedagon constituyen los puntos ineludibles para quien se decida por este destino.



Nuestro itinerario siguió hacia Bagan, la joya turística de Myanmar. Sin embargo, el viaje hacia Bagan se transformó en un episodio surrealista propio de Breton o Dali: al realizar el check in en el Aeropuerto de Yangon para emprender nuestro vuelo hacia Bagan, las tarjetas de embarque eran reemplazadas por un sticker que debíamos pegar en nuestra ropa, el cual supuestamente identificaba nuestra condición de pasajeros del vuelo.

Al llegar al área de embarque, los letreros electrónicos brillaban por su ausencia y los llamados a abordar eran realizados a través de empleados de las líneas aéreas que se paseaban con pizarras indicando el embarque y la puerta de cada vuelo.

Afortunadamente hicimos contacto visual con la pizarra indicada y dimos con nuestro avión: un pequeño turbohélice que luego nos enteramos constituía la única aeronave de la línea aérea encargada de llevarnos a destino.



Es justo decir que Bagan bien vale todas las peripecias narradas. Los cientos de pagodas color terracota diseminadas en la verde llanura, dan al lugar un aspecto único. Recorrimos durante 2 días los distintos templos y quedamos extasiados por los atardeceres donde el sol se va ocultando lentamente dibujando en las penumbras las siluetas de las pagodas.


Abandonamos Myanmar con esa sensación indescriptible de haber transitado un territorio que no parece pertenecer al siglo XXI y recordando las palabras de quién nos había recomendado su visita: “si quieren conocer el verdadero Sudeste Asiático, no deben perderse Myanmar”.


Alberto

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