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Marruecos | Una noche en el desierto

Actualizado: 6 de ago de 2018




Luego de visitar la fantástica ciudad de Marrakesch y cruzar la cordillera del Atlas rumbo a Ouarzazate (previa parada en la imperdible Kasbah de Taourirt), arribamos a Erfoud; sitio desde el cual partiríamos para pasar una noche en el desierto de Erg Chebbi.


Abandonamos la combi, nos subimos a una 4x4 y emprendimos camino. A medida que avanzábamos y las dunas aumentaban su tamaño, la civilización iba quedando atrás. Después de varios kilómetros recorridos un nuevo medio de transporte se hizo necesario: 2 dromedarios escoltados por nuestro guía, el beduino Noradine, serían los encargados de adentrarnos en aquellos lugares donde la tradicional tracción a sangre se impone a la modernidad de los motores a explosión.





El andar cansino sobre el lomo de estos animales en medio de las montañas de arena se prolongó por aproximadamente 45 minutos. La inmensidad del desierto genera una sensación ambivalente: resulta sobrecogedor el silencio de ese mar de arena, al tiempo que se percibe una cierta soledad y aislamiento del mundo, aún cuando nos hallamos a tan solo un par de horas de Erfoud.



Llegamos al campamento al atardecer para descubrir, con sorpresa, que éramos los únicos huéspedes. El ocaso del día brindaba una tonalidad ocre al paisaje y la llegada de la noche dibujaba miles de estrellas en el cielo. Noradine preparó nuestra cena: harira (tradicional sopa marroquí) y tajine de cordero, todo ello acompañado por té de menta.



La mezcla de idiomas no fue obstáculo para conversar un largo rato con nuestro guía, hasta que llegó la hora de dormir. Nos dirijimos a nuestra carpa mientras advertíamos que Noradine se recostaba a la intemperie, sobre la arena, al lado de ambos dromedarios.


Nos despertamos muy temprano para contemplar el amanecer; caminamos en la dirección indicada por nuestro guía hasta alcanzar un punto con suficiente altura que nos permitiera, entre las dunas, una visión completa del desierto de Erg Chebbi. Los colores de paisaje mutaban constantemente conforme el sol ascendía: el ocre daba paso a un naranja brillante que derivaba en amarillo según el astro rey ganaba altura.


Los dromedarios nos condujeron nuevamente a nuestro punto de partida. Allí degustamos un exquisito desayuno típico mientras mirábamos con cierta nostalgia aquella mole de arena que habíamos dejado atrás.


Ese mismo día nos marchábamos rumbo a Fez pero las dunas, las estrellas, el amanecer, el sonido del viento y la arena son sensaciones que quedaron grabadas para siempre luego de aquella experiencia única.


Alberto

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