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Marruecos | Cristianismo, Islamismo y Judaísmo


Viajar no sólo permite conocer lugares, personas, disfrutar comidas, admirar paisajes o descansar cuerpo y alma; en muchas ocasiones nos enfrenta a verdaderos choques culturales, trastocando creencias o aprendizajes y poniendo al descubierto prejuicios, producto de los diversos elementos que conforman nuestro acervo educativo y social.



Hasta el año 2011 mi conocimiento del Islam y la religión musulmana se limitaba a algunos lineamientos básicos aprendidos en mi época de estudiante universitario, sumado a una convivencia de dos semanas junto a un joven oriundo de Kuwait, quien habitaba la misma casa de familia donde me hospedara en Enero de 1993, mientras estudiaba inglés en la británica localidad de Hastings.


El desagradable episodio del “11/9” no había pasado inadvertido en esta visión occidental del mundo islámico. Los conceptos “terrorismo”, “guerra santa” e “Islam” se transformaban mediáticamente en sinónimos y repercutían en nuestra construcción mental de aquella religión.


La visita a Marruecos en septiembre de 2011 marcó un hito en mi vida. No sólo se trató del primer país musulmán que visité sino que me abrió las puertas a una nueva cultura y, por sobre todas las cosas, me enseñó que las tres grandes religiones monoteístas pueden convivir y relacionarse en armonía.



No es de extrañar que la mayor parte de los minaretes representen en su parte superior, bajo la forma de tres esferas, al Cristianismo, Judaísmo e Islamismo, en una clara demostración de respeto y apertura interreligiosa.


Marruecos pregona con el ejemplo: en la ciudad de Marrakech la mayoría musulmana convive pacíficamente con los habitantes del Mellah o barrio judío.


Encontré en los marroquíes gente amable y siempre dispuesta al diálogo. Atormenté a varios guías con interminables preguntas y repreguntas sobre el Islam, Mahoma, la vestimenta de las mujeres, el Ramadán, etc.; y siempre hallé de su parte una gran vocación para responder sin voluntad de modificar mis creencias.



Tengo el vivo recuerdo de nuestro guía en Fez, quien aprovechando que era viernes (día sagrado para la religión islámica) nos acompañó hasta la entrada de la mezquita para que pudiéramos observar cómo los locales se preparaban para el rito semanal, realizaban las abluciones y ocupaban su lugar para el tradicional rezo.


Al caminar junto a mi pareja por las por las calles de la pequeña ciudad de Ouarzazate recibí otra lección de convivencia: mientras las mujeres musulmanas de ese poblado vestían su tradicional burka, dejando al descubierto sólo sus ojos, nuestro atuendo no podía ser más diferente (bermudas y ningún tipo de elemento que cubriera nuestro cabello o rostro). Sin embargo, jamás nos sentimos observados o discriminados. La presencia de personas que profesaban otra fe y, por ende, vestían diferente, resultaba totalmente natural para los marroquíes.



Marruecos fue un gran aprendizaje. Me mostró esencialmente que no es posible comprender una cultura diferente si insistimos en observarla con el prisma de nuestras propias limitaciones culturales. Es sólo al abandonar las ataduras que supone nuestra educación, religión y entorno social que podemos apreciar la riqueza del mundo islámico.


Alberto

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