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Estocolmo | la Venecia del Norte

Luz y oscuridad con telón de música



Hace exactamente 30 años el hasta ese momento poco conocido duo Roxette lanzaba su segundo álbum en inglés. “The Look”, su tema insignia, pronto fue furor en Europa y Estados Unidos. Un par de años después, sus temas sonaban en Argentina y los posteriores recitales que la banda dio en Buenos Aires a lo largo de la década de los 90 corroboraron el éxito de esa rubia, dotada de un voz entre angelical y blusera, y ese muchacho, autor de melodías alegres y baladas que aún se escuchan como clásicos de siempre.


Marie y Per habían llegado muy lejos desde su Suecia natal gracias a una herencia musical nacida en los años 70, cuando ABBA había puesto al país en el concierto mundial, marcando así un camino que luego recogieran otras bandas como Europe, The Cardigans y Ace of Base. Roxette fue mi favorita, y aquello que comenzó como un simple gusto musical derivó en algo mucho más profundo e interesante: la conexión con su país, su gente, su idioma, su cultura y su idiosincrasia. En mi imaginario los países nórdicos eran (y aún hoy son) una tierra casi legendaria y, situado en el otro extremo del mundo, no podía imaginar algo más distinto a Argentina que cualquiera de las naciones escandinavas.


De modo que en enero de 1996, en medio de dos meses de recorrido en tren por Europa Occidental, decidí descubrir y explorar Estocolmo con el objetivo de encontrar material discográfico inédito (en inglés o en sueco). Por aquellos tiempos, la música por streaming o aplicaciones del tipo Spotify no existían, probablemente ni siquiera en las mentes de sus futuros creadores.


Contrariamente a la manera en que planeo un viaje en la actualidad, arribé a Estocolmo sin haber leído o recabado información acerca de la ciudad ni del país, sólo el impulso de la música y mi fanatismo por este duo parecían suficientes para justificar la visita. Para mi sorpresa, Estocolmo resultó ser tan interesante, vibrante, variada, histórica y moderna que regresé 4 años más tarde, en el cambio de milenio, esta vez en pleno verano, como parte de un recorrido más sectorizado de 3 semanas por Escandinavia.


Suecia es uno de los países más adelantados de Europa y del mundo, con un nivel de vida envidiable, una población altamente educada y una superficie que apenas llega al 16% de la de nuestro país. Sus condiciones climáticas son comparables con Tierra del Fuego, pero con temperaturas más extremas. De hecho Estocolmo, la ciudad capital de los suecos, se ubica casi exactamente a la misma latitud en el hemisferio norte que Ushuaia en hemisferio el sur.

Estocolmo es un archipiélago de más de 24.000 islas y su ciudad vieja (Gamla Stan), es una isla en forma de corazón en cuya punta confluyen el mar Báltico y el lago Mälaren. Fue impresionante haber caminado, aunque más no sea por la orilla, por uno de los lagos más grandes de Suecia transformado en una pista de patinaje sobre hielo por las bajas temperaturas de aquél enero de 1996, mientras que al otro lado de la divisoria de aguas se podía apreciar el hermoso y gélido mar Báltico.


El invierno es realmente duro en estas latitudes de clima continental. Los días de sol pleno que viví allí hacia fin de enero, acompañados de una temperatura promedio de 15 grados bajo cero, me obligaban a interrumpir periódicamente las caminatas por las hermosas y pintorescas calles de la ciudad vieja en búsqueda de un café o chocolate caliente que me permitiera continuar con las sorpresas que me ofrecía la ciudad. La Estocolmo invernal resultó más viva de lo que había imaginado considerando su latitud, temperatura y escasez de luz, ya que luego del mediodía empezaba el gradual crepúsculo que llevaba al anochecer poco después de las 15 horas.


Se ha hablado mucho acerca de los efectos de la luz solar sobre la población de los países nórdicos y las influencias que las largas horas de oscuridad del invierno pueden tener sobre el estado de ánimo (o hasta con las tasas de suicidios). Sin embargo, y a pesar que algunos suicidios sirvan para abonar las tasas estadísticas, cuando el invierno da paso a la temporada estival se ve la alegría y el esplendor de la gente. Probablemente porque han esperado con ansia un clima más benigno y saben que deben aprovecharlo antes que las campanas de Navidad vuelvan a sonar en medio de la nieve y la oscuridad.


El verano muestra una Estocolmo diferente. La ciudad y el archipiélago muestran sus colores más radiantes, se observa gente en la calle disfrutando y dejando disfrutar, con una sensación de respeto que a veces es difícil entender para los argentinos. Y a diferencia de la “noche nórdica”, el “día nórdico”, con casi 18 horas de luz, es el contexto ideal para aprovechar a pleno.



En Gamla Stan, la esplanada que bordea el Palacio Real y la Catedral de Estocolmo se transforma en una pasarela permanente de visitantes y suele ser escenario de algún que otro evento, mientras que los parques de las islas que rodean al centro histórico se convierten en un remanso de paz y tranquilidad para sentarse a leer, mirar, respirar, o simplemente caminar para descubrir el caleidoscopio de colores y luces.


Especialmente experimenté esto en las islas de Skeppsholmen y Djurgården, hacia el este de Gamla Stan sobre el Báltico. En esta última existe una serie interesantísima de museos y parques para todos los gustos y las edades: los amantes de la música podrán revivir en el museo de ABBA las canciones de estos padres del pop sueco; los interesados en la naútica encontrarán en el museo Vasa un barco real hundido en pleno Baltico durante el siglo XVII justo luego de su viaje inicial y rescatado intacto a mediados del siglo XX para ser colocado donde hoy se halla el museo. Más hacia el este, en la misma Djurgården, se abre Skansen, un museo al aire libre y zoológico, en el que pude sumergirme en la vida sueca pues agrupa alrededor de unas 150 construcciones procedentes de todo el país, pasando desde los humildes pueblos granjeros a las ricas residencias de la nobleza, e incluso permite participar en los talleres de los artesanos que trabajaban el cuero, la plata o el vidrio.



Tres experiencias adicionales marcaron unos inolvidables días de verano. La primera fue la visita al museo y jardín de esculturas de Carl Milles, en la isla de Lindigö, un lugar enclavado en una zona con vista única al mar y a la ciudad. Caminar por Millesgården es otro “must”; un espacio lleno de tranquilidad cuyo recorrido permite admirar sus esculturas tan llenas de expresión y movimiento.



La segunda experiencia tuvo lugar al otro lado del archipiélago, sobre el lago Mälaren, en la isla de Lovön. Allí se levanta la actual residencia de la familia real sueca: el esplendoroso el Palacio de Drottningholm, el palacio mejor conservado del siglo XVIII de Suecia, claramente inspirado en Versalles y declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Drottningholm ofrece, además de sus interiores, un inmenso parque al mejor estilo francés para recorrer a nuestro propio paso y ver cómo el tiempo y el espacio se desdibujan en los diferentes verdes de su follaje.



La tercera experiencia fue la visita al ayuntamiento de Estocolmo, sede del gobierno local del municipio. El “Statdshuset”, construido sobre la isla de Kungsholmen, ofrece una exquisita visita a sus salones de cermonia, especialmente la famosa Sala Azul, la sede del banquete anual de los Premios Nobel, y el Salón Dorado (por sus incrustaciones de oro), donde sus paredes cuentan la historia de Suecia. En su muro principal se puede ver a la Reina del Lago Mälaren, como se la llama a Estocolmo, espléndida entre Oriente y Occidente. Volviendo a Roxette, uno de sus videos más famosos, “Fading like a flower”, se grabó en este salón y en la torre del mismo ayuntamiento, donde podés obtener una de las vistas más lindas de la ciudad.



Y por último, y más importante, quiero destacar algo más alla de lo histórico o lo culturalmente interesante. La gente y su calidad humana son aspectos que transforman la experiencia de un viajero. Todos los suecos hablan inglés como su lengua madre, desde los recepcionistas de hoteles hasta los choferes de buses. Si bien su trato reservado y educado puede parecer un poco distante al principio, al poco tiempo se revelan muy afables, amables, respetuosos y con ganas de ayudar. En Estocolmo en particular, y en Escandinavia en general me sentí seguro, cuidado, y creo firmemente que eso era producto de la energía que emanaba de su gente, su principal y más valioso activo para cualquier viajero que quiera descubrir esta tierra legendaria.


Sebastian


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