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Dubrovnik | La llegada a Europa del Este



Comencé a viajar por Europa cuando tenía 19 años. Hoy, a mis 44, es la primera vez fui más allá de los límites de la Europa que conozco y tanto quiero, al pasar lo que hace unos 60 años aproximadamente se denominaba “cortina de hierro”, luego de la famosa frase de Churchill “desde Stettin en el Báltico a Trieste en el Adriático, una cortina de hierro ha descendido a través del continente”.


Este viaje tuvo dos grandes significados para mí.


Por un lado fue mi primer aterrizaje en los Balcanes, que tienen una gran riqueza histórica y cultural desde tiempos inmemoriales (ya los Neanderthales deambulaban buscando sus hogares temporarios por allí). Los Balcanes tienen identidad propia, una identidad forjada a través de siglos de corrientes migratorias, desde la llegada de los indoeuropeos, los primeros griegos, los romanos, los eslavos, los búlgaros, los turcos y los rusos. Todos ellos dejaron una herencia cultura rica y variada, aunque violenta, de guerras y baños de sangre.


Por otro lado fue el primer viaje con Alberto a Europa después de Escandinavia en el año 2000, esta vez con mi famila y Romina, su compañera de vida. De hecho para Flor, mi esposa, fue un reencuentro con una tierra de la que se había enamorado a los 9 años cuando la cortina de hierro y Yugoslavia eran una realidad política. Y para mis hijos Josefina y Juan, su primer viaje a Europa recorriendo ciudades y pueblos a pie, caminando "kilomillones", una prueba interesante para ellos, sobre todo porque esto no es Disney.


Croacia fue el primer destino de este viaje. Dubrovnik, su ciudad más orgullosamente famosa, nuestra anfitriona. No se pueden tener emociones simples con Dubrovnik. Es, como Venecia, una de las perlas del Adriático, una ciudad-península amurallada con mucho carácter y estilo, vistas maravillosas, y con el azul profundo y cristalino del mar que baña a Dalmacia. Dubrovnik es famosa también por sus infinitas escaleras, tanto dentro de la ciudad amurallada o fuera de ella, por su terreno que sube por las laderas de los Alpes Dináricos, que al llegar al mar forman un rosario de islas dignas de visitar.


Nuestro hermoso departamento (link) estaba bastante metros arriba de la costa, pero muy bien ubicado a pocos metros de una escalera en diagonal que nos llevaba hasta una de las entradas de la ciudad amurallada


Se necesita temple para pasear por Dubrovnik ya que la ciudad atrae por año a cientos de miles de turistas, viajeros, cruceristas que la pisan por una horas; en fin, durante las horas altas del día parece una “ciudad tomada”. Sin embargo, al salir de las entradas principales y sumergirse en su más íntimas callejuelas, es donde la magia aparece. Pequeños cafés, restaurantes, librerías, tiendas de regalos, casas hermosamente adornadas, otras con la ropa colgada que forma parte del paisaje, y lo más bello, sus faroles, algunos encendidos hasta bien entrada la mañana.


Y si ello fuera poco, hay tres actividades que a mi me sirvieron para apreciar la belleza de Dubrovnik desde otras perspectivas. Una caminata por la muralla que rodea el casco histórico. Me impresionó sobremanera observar los techos de la ciudad desde su muralla para descubrir los más brillantes y coloridos, precisamente aquellos que fueron reconstruidos luego de la guerra y los bombardeos que sufrieron sus habitantes. De hecho en una esquina de la ciudad existen fotos en gigantografías mostrando que donde hoy vemos hermosos techos, hace 25 años había escombros y destrucción. La segunda es subir en el teleférico que te lleva a la cima del Monte Sergio, donde la panorámica te quita la respiración. Y la última (al igual que la anterior recomendada para el atardecer) es tomar un tour de kayak para visitar alguna que otra playa, la isla de Lokrum y ver el atardecer en el Adriático, subido a tu botecito. Si lo van a hacer con niños preparen bien los brazos, yo se lo que les digo (!!!). Los guías de la empresa que contratamos xAdventure, fueron muy atentos y nos contaron muchas cosas interesantes de la ciudad y de la región.

Para los admiradores de Juego de Tronos, Dubrovnik es parte del reino de los Lannister. Desembarco del Rey, lugar dónde Cersei hace su Walk of shame o vuela por los aires la torre con el Gorrión Supremo dentro.


Nada pareciera escapar al hechizo profundo que la ciudad emana a los cuatro vientos. Ese hechizo también llevó a Dubrovnik a ser una república de hecho independiente por mucho tiempo, tarea no menor para una ciudad apostada entre los dos más grandes poderes de la época medieval: los venecianos y los bizantinos (primero, luego los turcos otomanos). Dubrovnik ha sabido ser maestra en el arte de la política y la estrategia, y ha preferido pagar tributo a los grandes poderes para preservar su estilo de vida. Con un impass de aproximadamente un siglo, en el que la ciudad y toda Croacia pertenecieron al Imperio Austríaco, Dubrovnik recuperó su libertad en la década de 1990, en el tremendo contexto devastador de la guerra balcánica.


Mirar hoy a Dubrovnik, su reconstrucción y su gente sonriente, te invita a pensar que ni una guerra puede detener la decisión humana de pararse y continuar, que la vida sigue y que no importa cuán duras sean las circunstancias, todo puede sucumbir ante el firme deseo de evolucionar y vivir mejor.


Sebastián

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