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Dublín | De puentes y docks, con sabor a Buenos Aires

Actualizado: 6 de ago de 2018


Si mirás Dublín a lo largo del río Liffey, podrás observar una realidad que se repite en Londres, París, Nueva York, Berlín, Estocolmo, Copenhaguen o hasta en la misma Roma. PUENTES. Si, la solución más práctica para cruzar un río, aunque también la expresión máxima de cómo estas ideas pueden convertirse en una obra de arte, en una gran realización humana, que por más que tenga un origen ingenieril atrapa nuestra mirada, nos provoca las emociones más diversas y hasta nos hace estar agradecidos en silencio a aquellas personas que lo hicieron posible, aunque no las conozcamos. Esa es la sensación que tengo cuando recorro Dublín siguiendo el Liffey. Y digo “recorro” porque a veces me pierdo sin cansancio como si allí estuviera. Y bueno, viajar no se trata sólo de estar físicamente en un lugar.


Desde el gran Parque Phoenix, donde a veces podés observar hermosos ciervos, hasta la desembocadura del río en el Puerto de Dublín, la ciudad cuenta con aproximadamente 18 puentes en una longitud de poco más de 6 kilómetros. Nuestra primera parada en Dublín estuvo en Smithfield, hacia el oeste de la ciudad, así que desde allí partía mi recorrido hacia el puerto, y el primero de mis puentes favoritos, el que cruza de norte a sur y te lleva al pub más antiguo de Irlanda, el Brazen Head (http://brazenhead.com), fundado en 1198, en la época de las cruzadas, y todavía nos podemos sentar allí más de 8 siglos después. Si seguís camino y fluyendo hacia el este, en plena zona de Temple Bar se alza uno de los puentes más característicos de Dublín. Construido en 1816, el que gestionó su construcción fue autorizado por el gobierno de la ciudad para que cobrara un peaje de medio penique (“half penny”) a las personas que querían cruzarlo. De ahí que este puente se lo conozca como Ha´penny Bridge. Su color blanco data tan sólo de hace 15 años, cuando se lo renovó y reparó dada la cantidad diaria de transeúntes que lo cruzan (unos 27.000).


Pero sin duda, el tercero de mis puentes favoritos es la frutilla del postre. Queda más hacia el este, en plena zona portuaria, allí donde el río se ensancha y donde la arquitectura cambia. Cuando miro la zona me lleva inexorablemente a Buenos Aires, precisamente a Puerto Madero, y no sólo por los edificios modernos que se levantan dando cuenta de la opulencia financiera, sino porque el puente Samuel Becket, con 31 tensores de cable de doble vuelta sujetos a un mástil de acero tubular, fue diseñado por el mismo arquitecto que diseñó el porteño puente de la Mujer: Santiago Calatrava. Es maravilloso sentir que a tantos kilómetros de casa hay algo que nos une a los irlandeses. Eso sí, el Samuel Becket, inaugurado en 2009, tiene algo característico que lo diferencia del nuestro: la forma del mástil que se levanta en la estructura del puente no es recto sino que dibuja cierta curva, la cual, junto con sus cables, evoca la imagen de un arpa celta, símbolo nacional de Irlanda.

(sólo para interesados, http://www.bridgesofdublin.ie/historical-dublin).


Nuestra última parada en Irlanda fue precisamente en esta zona, donde lo moderno y vanguardista le ha ganado la batalla a lo tradicional. Todo allí recuerda a esta hermosa y sofisticada zona de Buenos Aires, con sus aires portuarios, sus docks, sus antiguos almacenes hoy devenidos en oficinas, centros comerciales, teatros, pubs o restaurantes. La mejor imagen de esto es el "Gran Canal", una "L" alrededor de la cual brilla la vida de estos lares. Fue allí donde despedí, con una riquísima cerveza (¿podría haber sido de otra forma?), y de momento, a esta maravillosa y compacta ciudad, que nos supo albergar con estilo, historia, arquitectura, música, religiosidad y gente maravillosa. Allí volví a sentir lo que significa seguir sorprendiéndome del hermoso y diverso mundo que nos espera para descubrir cada día.


Y hablando de sorpresas, hoy cierro con unas palabras de un gurú viajero, Alan Estrada, que en uno de sus videos decía: “Viaja con humildad, que es lo que garantiza la capacidad de asombro, asómbrate de lo épico y de lo simple, de lo extraordinario y de lo mundano, de los olores, de los colores de la naturaleza y de lo que la gente hace con la naturaleza, asómbrate del arte, del caos del futuro y del pasado, de lo exquisito y de lo repugnante, aprende sin soberbia y déjate arrollar una y otra vez por el asombro que es lo que hidrata el alma y el cerebro”.


Sebastián

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