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Dubai | Una ciudad sin límites

Actualizado: 14 de ago de 2018



Una pista de ski dentro de un mall, una red de metro que funciona sin tripulación, el edificio más alto del mundo, paradas de autobús con aire acondicionado para esperar confortablemente al reparo de las altísimas temperaturas; los límites entre la ciencia ficción y la realidad se tornan borrosos en medio del desierto de Arabia. Nos encontramos en Dubai.



Dubai es uno de los 7 emiratos que conforman los Emiratos Arabes Unidos y goza, junto a Abu Dabi, de una gran popularidad producto de su increíble desarrollo y crecimiento en las últimas décadas.




Aterrizar en Dubai nos transporta a un mundo desconocido y fantástico. El aeropuerto internacional constituye una visita en sí mismo, los amantes de las aeronaves podrán observar allí como los aterrizajes y despegues de los colosales Airbus A-380 se alternan en intervalos de unos pocos minutos. El interior de la terminal aérea es ultra moderno y de dimensiones que desafían la escala humana: sólo como ejemplo, el salón VIP de la clase business posee una superficie de 6.593 metros cuadrados, a la vez que el de Primera Clase posee 6.344 metros cuadrados.


Las raíces musulmanas del emirato se han ido suavizando como consecuencia del exponencial crecimiento experimentado. Más del 70% de la población es de origen foráneo y no participan de la fe islámica. Algo similar ha sucedido con el idioma, donde la lengua árabe oficial ha quedado sepultada frente al inglés que, cual esperanto del siglo XXI, domina las comunicaciones en Dubai.


Una vez instalados en nuestro hotel, dedicamos 2 días completos a recorrer la ciudad. Comenzamos con una visita a la mezquita Jumeirah, donde una devota del Islam nacida en Londres nos explicó con gran pedagogía los fundamentos de la religión de Mahoma.


Nos dirigimos luego al magnífico hotel Burj Al Arab, construido sobre el Golfo Pérsico y conocido mundialmente por su estructura que asemeja la vela de una embarcación (los amantes del deporte blanco seguramente lo recuerden por la exhibición brindada, en el año 2005, por Roger Federer y Andre Agassi en el helipuerto del hotel, a 320 metros de altura).

Por política del hotel no es posible acceder al mismo de manera gratuita, razón por la cual decidimos reservar con anticipación un lugar en su Skyview Bar para tomar el té y, de esa manera, cumplir con un doble objetivo: visitar el hotel y disfrutar de la gastronomía del lugar mientras observábamos las aguas del Golfo Pérsico perdiéndose en el horizonte, desde los 200 metros de altura.


Terminamos nuestro primer día con un recorrido por las Jumeirah Beach Residences, un paseo en el que los rascacielos al más puro estilo New York o Chicago se fusionan con restaurantes, negocios y el inconfundible sonido de las olas al romper sobre las costas del Golfo Pérsico.





El día siguiente lo dedicamos a visitar el Dubai Mall, uno de los complejos de compras más grandes del planeta, dentro del cual se encuentra la torre más alta del mundo: el Burj Khalifa. La vista desde el mirador del piso 148 quita el aliento: la perspectiva que brinda la altura nos permite tomar conciencia que nos hallamos, literalmente, en el medio del desierto. Se divisan los límites de la ciudad y, más allá, sólo arena.



Nuestra última noche en Dubai es una síntesis de esta ciudad cosmopolita: cena en un restaurante italiano sin bebidas alcohólicas (se encuentran prohibidas en los países musulmanes), a la vez que observamos el show de aguas danzantes que cada media hora tiene lugar al pie del Burj Khalifa.



Mientras el Airbus A-380 despega rumbo a Bangkok reflexionamos sobre la capacidad creadora del hombre, su vocación por innovar, la necesidad de empujar permanentemente los límites, destruir barreras y avanzar. Todo ello se ve en Dubai.


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