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Bratislava | Una joya escondida en el Danubio



De las cuatro capitales europeas que atraviesa el río Danubio, Bratislava es posiblemente la menos visible en términos turísticos. La majestuosidad imperial de Viena, la singular belleza de Budapest, o la importancia política de Belgrado durante la era yugoslava tienden a opacar a esta ciudad eslovaca que, sin embargo, se revela ante los ojos del visitante como una verdadera gema dispuesta a ser descubierta.


La capital de Eslovaquia posee el tamaño perfecto para ser recorrida a pie en apenas unas pocas horas. Con ese dato en mente, arribamos a la ciudad en tren procedente de Budapest y nos alojamos durante una noche en el pequeño Hotel Boutique Marrols, situado a escasos metros del casco histórico.



La cercanía con Viena (apenas 60 kilómetros) hace que Bratislava sea, para muchos turistas, una visita por el día, regresando a la antigua capital del Imperio Austro Húngaro por la tarde. Para nosotros, en cambio, conocer un lugar requiere pasar la noche en él. Las ciudades presentan atmósferas distintas en el día y en la noche, y Bratislava no es la excepción. El bullicio o la cantidad de transeúntes que pueblan sus calles mientras el sol brilla ceden su espacio a una iluminación acogedora y a un ambiente mucho más intimista durante la noche eslovaca.


No existe un itinerario definido o “cosas para hacer”, la mejor opción es dejarse llevar e ir descubriendo la belleza de la ciudad a la vuelta de cada esquina. Nos sorprendió la limpieza, la educación de su gente, la elegancia en la vestimenta de hombres y mujeres, el cuidado de las construcciones ancestrales; Bratislava parece haber sido inmune a la barbarie comunista que la sometió durante casi 50 años.



Al recorrer la ciudad cuesta creer que al momento de separarse de la República Checa, a comienzos de 1993 (separación totalmente pacífica que ha quedado en la historia como el “divorcio de terciopelo”), Eslovaquia era un país mucho más pobre que su vecino. En apenas 25 años esas diferencias socioeconómicas se han ido acortando y hoy los eslovacos disfrutan de un nivel de vida que nada tiene que envidiar al resto de las naciones que conforman la Unión Europea.


El casco histórico, sus estatuas callejeras y el castillo enclavado en un pequeño promontorio son visitas obligadas, al igual que la parte moderna de la ciudad, donde los bares y restaurantes situados a la vera del Danubio se presentan como el sitio ideal cuando el cuerpo pide a gritos un descanso.


La cena en un restaurante típicamente eslovaco (Modrá Hviezda) completó nuestra jornada. La gastronomía constituye un elemento determinante dentro de nuestra visión viajera: comer no es una simple necesidad fisiológica sino que forma parte del acervo cultural de cada zona geográfica. Descubrir los platos típicos, los ingredientes locales, las bebidas y los postres se conjugan en una experiencia sensorial que nos permite adentrarnos en un lugar tanto como las visitas a sus museos, catedrales, parques nacionales o demás sitios históricos.


Cuando pienso en Bratislava, viene a mi memoria una vieja Guía de Viajes de París, escrita por Horacio de Dios en 1998. Allí se hacía referencia al vocablo “flâner”, una palabra gala de difícil traducción, que Domingo Faustino Sarmiento definió en sus crónicas de viajes como “el arte de dejarse llevar por el placer de todos los sentidos”. No creo que exista mejor forma de recordar a esta joya del Danubio.


Alberto


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